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15-03-2017 / Una mirada desde adentro

El próximo desafío del Indio Solari

Son veinte, pero parecen veinte mil. Atrás el Tsunami te observa, te espera, te ansía. Puede ser la gran final, la última de tu vida que Mr. Parkinson te deje jugar. No querés fallar, no podés errar. La gloria está a tu lado. El show más convocante de la historia. Todo se reduce a ese instante. Ahí están, “borrachitos” caídos, son tuyos, son de sus madres, son ellos: ¡Ay! Pajaritos, Bravos Muchachitos...


Ignacio Pellizzón
redaccion@miradorprovincial.com


En total fueron 19 canciones, casi dos horas y media de recital en el predio rural La Colmena de la ciudad de Olavarría -provincia de Buenos Aires-. Nada estaba previsto. El show debe continuar o los pajaritos se van a enojar. Las malas noticias son visibles. La inacción, inoperancia, falta de control, excesos, es decir, lo de siempre; un fenómeno con vida propia, inmanejable, con reglas claras pero implícitas. Todos entran en algún momento con o sin entrada. Un espectáculo por año que nadie se quiere perder. Quizás el último recital que aglutine tres generaciones. La gran final empezó mal, pero empezó y debe llegar a su fin.
Barba Azul vs. El amor letal
“(...) Tu aullido esta vez (¡quiera dios!); no se va a oír en la prisión...”, dice en una de sus estrofas el primer tema con el que el Indio arrancó el show. La Misa Ricotera fue un éxito o todo lo contrario. El preludio de lo que iba a ser o de lo que fue. Para muchos la liturgia tomaba color, para otros el reviente. Insisto: como siempre, nada particular, aunque un detalle se sentía en el ambiente: podía ser el último show.
Ropa sucia
“Tu gracia mete miedo mi amor...” es el inicio de la quinta estrofa del segundo tema. Me refiero a la canción previa de lo que sería “un antes y un después” en la vida del Indio. Se armaron varios pogos en todo el predio. La gente saltaba, cantaba y se abalanzaba sin medir consecuencias.
Al culminar la canción, el panorama se oscureció. Eran como 20 los que estaban caídos frente a él como súbditos, aunque no los quería observar en el piso. Pidió que los levantaran, que personal de seguridad y Defensa Civil ayudaran. No se sabía que iban a ser dos los que nunca más se iban a poner de pie producto de paros cardiorrespiratorios: Javier León (42) y Juan Francisco Bulacio (36). El show se había ensuciado. La ropa de los más de 300 mil que estaban presentes se había manchado, pero no lo sabían aún. Ni siquiera Carlos Solari.
Babas de Diablo
Fue el quinto tema que titula de la mejor manera lo que siempre aconteció en cada espectáculo. Desde la muerte de Walter Bulacio (joven de 17 años fallecido en 1991, tras ser detenido por la policía en un recital de Los Redondos y muerto por los golpes recibidos por “La Maldita Policía”, como se la denominaba) siempre se trató de disminuir la presencia policial y se aplicó un mensaje implícito de que nadie se queda afuera después del tercer tema. Esta vez fue desde el inicio.
En Olavarría sobraban Babas de Diablo. Prácticamente sin agentes de seguridad, poca luminaria, escasa señalética, terreno embarrado por los fuertes chaparrones tropicales que cayeron, caminos hacinados por innumerables puestos de venta de alcohol, hamburguesas, choris. El frío que acompaña en la mayoría de los recitales y un ingreso abierto de par en par sin cacheos. Las Babas de siempre.
Juguetes perdidos
Es el tema que le dedica al fallecido Walter Bulacio. Aunque estuvo ausente en las notas musicales de la banda, se coló en el recital con otro Bulacio y León. El fantasma del pasado se hizo presente otra vez y, quizás, para siempre en lo que pudo haber sido la última liturgia ricotera. Es una canción que todos aquellos fanáticos que estuvieron en Olavarría recordarán para siempre y que los retrotraerá a ese momento, a ese silencio que hubo entre canción y canción para comprender lo que sucedía y para calmar “el lobo del hombre”. El 11 de marzo ya no será una fecha más.
Jijiji
El emblemático himno con el que cierra cada show y en el que se produce “el pogo más grande del mundo”, pareciera haberse escuchado fuertemente en los medios de comunicación como una risa diabólica que saboreaba la tragedia tras el recital difundiendo cifras inexactas de muertos, desinformando a la población y creando una psicosis en las más de 300 mil familias que rogaban que ninguno fuera su hijo/a.
“Leí que son 13 los fallecidos”, decían al principio. Luego, “escuché en la radio que en realidad son siete los muertos”, gritó una fanática. El parte oficial confirmó que eran dos.
El gran desafío
“To Beef or not to Beef” fue uno de los últimos temas que el Indio tocó. Se trata de una canción que parafrasea al “Ser o no Ser” de la obra de Shakespeare: Hamlet. Critica la cultura yanqui. Sin embargo, el gran desafío del Indio Solari no dependerá de él. Ser o no ser el artista que engendró un fenómeno, digno de ser analizado por sociólogos, que perdurará en el tiempo como el grupo más fiel, que llevó a lo más alto que se pueda a un ser humano, trascendiendo todas las clases
sociales y generando de su identidad una leyenda imborrable en la cultura de este país.
Dos muertes que van más allá de cualquier análisis simplista que se puedan escuchar en estos días venideros. Entender cada muerte en su contexto. Como la de Walter Bulacio fue relatada en los tiempos de “La maldita policía” o como la de Cromañón de Callejeros en el auge de las bengalas. El tiempo dirá en qué contexto fueron estos trágicos fallecimientos. Sin embargo, en cada muerte siempre hay un denominador común que acompañas a las víctimas como la sombra, y que se repite con frecuencia: “Era evitable”.




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