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13-07-2017 / Luis Sepúlveda

“En América Latina hay algo que no funciona y se llama sistema capitalista”

“No puede haber perdón sin que los criminales pidan perdón y digan dónde están los desaparecidos”, dice el escritor chileno radicado en España, que colaboró en el gobierno de Salvador Allende y estuvo preso en su país.


Alejandra Rey
redaccion@miradorprovincial.com


Luis Sepúlveda ya no escapa. Lo hizo varias veces. Y de lugares prohibidos. Pero ya no. Porque este hombre descendiente de madre mapuche, que abrazó como opción la izquierda en los años oscuros en que mataron a Salvador Allende y crearon a un monstruo, Augusto Pinochet, encontró el lugar en el mundo, su propia y última patria, de la que no quiere salir: la literatura, camine él por donde camine. Y su conciencia limpia, claro.
Nacido en Ovalle, Chile, en 1949, trabajó en la administración Salvador Allende y, tras el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973, fue encarcelado dos años y medio. Más tarde volvería tras las rejas luego de haber estado clandestino, pero logró gracias a Amnistía Internacional, exiliarse en Suecia, donde enseñó literatura española. ¿Recuperó allá la paz? No, claro que no. Volvió a irse de las tierras frías del norte europeo a la calidez latina de Buenos Aires primero, Uruguay, Brasil y luego a Paraguay.
Su consagración como escritor vino de la mano de “Un viejo que leía novelas de amor”, de la que vendió 18 millones de ejemplares en todo el mundo y que fue llevada al cine por el director chileno Miguel Littín con el título Tierra de fuego.
Su biografía es fascinante e interminable, pero Mirador Provincial prefiere que sea él quien narre sus cuitas y que cuente pormenores de su último libro “El fin de la historia” (Tusquets) en la que el personaje de Juan Belmonte vuelve a brillar.
—Los personajes de su libro son despiadados y han existido (al igual que acá). Y la pregunta es ¿existen todavía grupos trasnochados de esta naturaleza en Chile? Y si es así ¿hay interés en combatirlos o la sociedad los tolera?
—Por fortuna la sociedad ha cambiado en este aspecto y los criminales de la dictadura, por lo menos los militares, o están en la cárcel o están pendientes de juicios, pero ninguno de los responsables civiles de los crímenes de la dictadura ha sido juzgado. Y esa es una dolorosa materia pendiente.
—¿Cree usted que la sociedad chilena perdonó a los verdugos o no los sintieron como asesinos? ¿Puede hacer una descripción o radiografía de esa sociedad?
—No puede haber perdón sin que los criminales, los responsables de violaciones de los derechos humanos pidan perdón y digan dónde están los desaparecidos y qué hicieron con ellos. Se ha intentado una especie de perdón por decreto, o el perdón como razón de Estado, pero por fortuna gran parte de la sociedad chilena se ha opuesto. Las desilusiones políticas de los últimos 27 años de democracia pos dictadura han generado una apatía social que recién ahora empieza a romperse, y el grado de ruptura con esa apatía se verá en la cantidad de gente que acuda a votar en las próximas elecciones de fin de año.
—Ya he leído varios libros donde la dictadura está muy presente como tema central y se siente mucho resentimiento. ¿Logró en su caso cicatrizar lo que ocurrió durante esos años tan oscuros?
—Ni yo ni mis libros expresan resentimiento sino afán de justicia, y este es un deseo compartido por una parte muy importante de la sociedad chilena. No hay lugar para el resentimiento cuando hay deseo de justicia. Tal vez amargura o bronca por la falta de voluntad de los gobiernos en cuanto a imponer la justicia, pero resentimiento no.
—¿Fue usted militante de algún grupo opositor a Pinochet? ¿Debió exiliarse? Y si es así, ¿qué encontró en Chile cuando volvió?
—Fui militante de izquierda de muy joven, participé en el gobierno de Salvador Allende, fui encarcelado, luego condenado a muchos años de cárcel, finalmente pude salir al exilio. Siempre fui opositor a la dictadura. Al regresar a Chile en 1990, el país había cambiado mucho y para mal. El miedo estaba presente en toda la sociedad, la derecha no quería soltar el poder y deseaba que continuara la dictadura. Hasta hoy hay fuerzas minoritarias que añoran el tiempo bajo la bota militar.
—El personaje de Verónica es tremendo, llega hasta lugares del alma muy recónditos para aquellos que, como yo, tienen más de 50 años. ¿En quién se inspiró? ¿Existe?
—Existieron muchas como Verónica. El libro está dedicado a una de ellas, que se llama Carmen Yáñez, que conoció el infierno de Villa Grimaldi pues estuvo prisionera ahí. Es mi compañera, mi esposa, los dos pasamos por centros de detención diferentes y sabemos lo que pasaba en ellos porque lo vivimos en carne propia.
—¿Sigue habiendo mano de obra desocupada de la dictadura que andan por el mundo convertidos en sicarios?
—Por suerte, menos que hace diez años, porque han envejecido, pero la mayoría de los agentes de la dictadura, los milicos de menor rango, terminaron como delincuentes. Durante la dictadura gozaron de total impunidad y creyeron que eso duraría para siempre.
—¿Cómo ve usted el panorama de la literatura chilena actual? Desde este lado de la cordillera leemos a autores muy comprometidos, especialmente a mujeres (y no hablo de Isabel Allende, claro), pero es lo que llega. ¿Qué más hay ideológicamente hablando?
—No se puede medir ideológicamente la literatura, pues la ideología se vive como persona, como ciudadano. Hay escritores interesantes, buenos, y que por desgracia no son conocidos como sería justo que fuera más allá de las fronteras de Chile. Yo sigo con atención a escritoras como Carola Guelfenbein, a escritores como Ramón Díaz Etereovic o Pablo Simonetti, que son de verdad muy buenos.
—¿Cuál es el fin último de una literatura que recuerda las masacres de la dictadura, además de que se sepa la verdad?
—No es ni objetivo ni meta de la literatura recordar las masacres, al menos no es mi caso, pero si se escriben obras que tienen un nexo con la historia y la realidad, hay que narrar lo que ocurrió. La literatura es memoria, es una forma de conservar la memoria, asunto indispensable en las sociedades de hoy.

Políticamente hablando...

—Cómo pensador político, ¿cómo ve el panorama de América Latina? ¿Por qué se pasa de los populismos a la derecha? ¿Qué cree que viene después?
—América Latina como continente es un crisol de diversidad política, cultural, social, étnica. Es imposible hacer un diagnóstico o análisis de conjunto. En todo el mundo, y América Latina no es ajena a esto, hay algo que no funciona y se llama sistema capitalista. Ni el mismo sistema capitalista fue capaz de prever que la acumulación de la riqueza se concentraría cada vez en menos manos, y que la riqueza no estaría ya determinada por la producción de bienes, sino por la especulación financiera, por el sistemático debilitamiento de los Estados. Cuando un país que tiene un gobierno capaz de desarrollar alta tecnología y, por ejemplo, ser capaz de lanzar satélites de comunicaciones al espacio, lo remplaza por un gobierno cuyo mandatario se dedica a vender limones, es que algo anda mal, algo no funciona. Y el peor de los populismos es el de derecha, porque se basa en el odio a los pobres y los responsabiliza de su propia incapacidad.

Lo que viene

—Cuénteme en qué está trabajando ahora.

—Trabajo en otra novela protagonizada por Juan Belmonte, el mismo de Nombre de Torero y El Fin de la Historia. Además, estoy a punto de entregar otra novela breve para todo lector que narra la historia de la ballena blanca que sirvió de inspiración a Melville para escribir Moby Dick.




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