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20-02-2018 / Se reiteran los casos de violencia machista en la provincia

Mía o de nadie: otro femicidio en la ciudad que parió el “Ni Una Menos”

La semana pasada, las crónicas policiales “sumaban” otra muerte, claramente encuadrada en femicidio y extrema violencia de género: la ex pareja de Katherine Quinteros la mató a puñaladas simplemente porque no aceptaba que ya no lo quisiera. Pasó en Rufino, la localidad del sur santafesino donde, con el crimen de Chiara Páez hace tres años, “nació” el “Ni Una Menos”, ese movimiento que brega por el fin de las muertes de mujeres a manos de hombres.

Pablo Rodríguez
redaccion@miradorprovincial.com


El miércoles 14 de febrero pasadas las 23, Walter Cejas ingresó en la casa donde Katherine Quinteros vivía con sus hijas mellizas y sin mediar palabra la atacó con un cuchillo frente a las pequeñas de dos años y su hermano de ocho. Le causó tres heridas: una en el antebrazo izquierdo cerca del hombro, otra en la espalda y la tercera -la letal-, en el corazón. La chica de 18 años, resistió hasta la llegada de la ambulancia, para fallecer minutos más tarde camino al hospital. Había perdido más de cuatro litros de sangre. “Cati” como le decía su familia, murió porque no quería amar a Walter.

El femicida de Rufino se dio a la fuga. Corrió 150 metros por la tierra de calle Carlos Gardel y al llegar al terraplén que marca el fin de la ciudad, giró hacia la izquierda y encaró a la Ruta Nacional 7. En el camino fue interceptado por uno de los cuatro hermanos varones de Katherine, quien se bajó de su moto y a fierrazos quiso reducirlo. Cejas volvió a sacar su cuchillo y lo atacó. Su captor se asustó, agarró la moto y volvió adonde estaba su hermana.

La casa de Katherine está al lado de la de sus padres, el tucumano Francisco Quinteros y la entrerriana Mónica Ortiz, ambos de 43 años. Los separa un tejido de alambre. Él es albañil, ella empleada de limpieza y, entre otras patronas, tiene a la tía de Chiara Páez. Ahora la mujer va a dejar todo para dedicarse a la crianza de Lucía y Valentina, las dos pequeñas.

“Nuestra negrita”
El padre recuerda que su hija era una chica normal, su “negrita”, totalmente abocada a sus hijas porque se había separado hace poco. Ellos, sus papás, la ayudaban económicamente para que esté en su casa criando a las mellizas.

“Nunca la encontrábamos enojada, siempre estaba haciendo bromas. Ahora iba a retomar sus estudios secundarios porque los había abandonado cuando quedó embarazada”, cuenta Quinteros. Inclusive este lunes tenían pensado ir en familia a que se anotara para ya cursar. Pero también “Cati” pensaba hacia adelante: tenía ganas de estudiar enfermería o peluquería.

La última charla la tuvo con la mamá. Habían conversado a la tarde. “Justo estábamos charlando. ¿Y quién escribió? Él. Le decía que la amaba y ella le dijo que no iba a volver”. Cati había salido después de mucho tiempo con los amigos. El lunes, aprovechando el feriado, se fue al baile.

Francisco admite que va a extrañar las mañanas cuando su hija le pedía que le cebara mates. Remarca que tenía gran corazón y que siempre que podía daba una mano. “Sabía que la queríamos y la amábamos. Era nuestra reina”.

Ambos la disfrutaron todo lo que pudieron, sobre todo desde que dejó San Gregorio y se fue a vivir Rufino, el 20 de diciembre: “Queremos justicia. Queremos que se haga una marcha. Y que se sepa quién es el asesino”. Antes de regresar a Rufino, la joven ya había pasado por situaciones de violencia de género: quemaduras de cigarrillo y de agua hirviendo en el cuerpo o golpes de puño. Su ex suegra le pegaba incluso. Cejas era una persona violenta, que además por su trabajo en el campo resultó un hábil manipulador de cuchillos.

Hasta hubo un confuso episodio donde el hoy detenido se enfrentó a su ex suegro, provocándole cortes con un cuchillo en el brazo izquierdo. Por esa razón, se dictó una medida judicial para que no pudiera acercarse a la casa de sus suegros o a la de su ex pareja.

Cejas nunca asimiló la ruptura con Katherine. El despecho y la bronca, se mezclaron peligrosamente con lo que él entendía que era amor. Un amor “mortal”. Pero nunca asimiló que Katherine no lo amaba. Fue directamente a matarla. Y no cabe otra teoría que pueda usar la defensa del asesino.

La memoria local
Poco menos de tres años atrás, la ciudad donde ocurrió todo, en el sur de Santa Fe, trascendía las fronteras. Era por Chiara Páez. Una chica de 14 años a la que su novio, Manuel Vallejos, de 17, asesinó y enterró en el patio de su casa. En septiembre de 2017, la Justicia condenó al joven a 21 años de prisión por femicidio: homicidio agravado por el género.

Ahí se puede decir, nació el “Ni Una Menos”, con un fuerte llamado a la toma de conciencia por los crímenes cometidos contra las mujeres en todo el país. “Ahora fue Chiara. Antes fueron Ángeles, Lola, Melina, Wanda y tantas otras. Concentración en el Congreso. Miércoles 3/6. 17 hs. #NiUnaMenos”, decía por aquel entonces, la consigna en Twitter.

La joven cumplía 14 años tres días antes de desaparecer. La autopsia confirmó que estaba embarazada de dos meses y que fue asesinada a golpes en la cabeza y la cara. Su cuerpo estaba en posición fetal. El agujero en la casa de San Martín al 800, estaba tapado con chatarra y ahí funcionaba un taller de herrería. Mientras el cuerpo era buscado, la familia del homicida se reunió y comió un asado, a pocos metros de Chiara. Como si nada hubiese pasado.

Su mamá, Verónica Camargo no puede evitar recordar los abrazos, que eran continuos. “Y que no quiero olvidarme. Chiara era más grandota que yo y tenía la costumbre de agarrarme de atrás todo el tiempo, desde chica”. De la nada, le salían de adentro los “mamá te quiero” o “mamá te amo”. Eso no se lo quiere olvidar. Sus sonrisas. Así como Katherine, también tenía un corazón gigante y era solidaria.

Cuando habla de Chiara, incluye a los dos, o sea la ve con su bebé. Dice que iba a ser la abuela más feliz del mundo. Su hija jugaba al hockey y ahí descubrió que le gustaba colaborar con chicos con discapacidad. Lo disfrutaba. También pintaba y lo hacía muy bien. Tenía un costado artístico del que poco se conoce. Cocinaba y la unía un fuerte lazo con su hermana, Romina, hoy de 20 años.

Las últimas charlas con su mamá eran sobre continuar el embarazo y no abortar. Le demostraba su apoyo y no la retaba. Hacía poco había dejado de ir al pediatra y nunca llegó a su primera cita con un ginecólogo. En su casa, le hicieron sentir que no estaba sola. Que entre las tres, mamá y su hermana, iban a criar al bebé. Que iba a poder seguir con sus actividades, pero con algunas limitaciones. Era agradecida siempre. Todo esto fue una semana antes de fallecer.

El último día que se vieron se despidieron con un gran amor. Como si hubiesen sabido que algo iba a pasar. Fue más sentida. Chiara se iba a juntar con sus amigas. “Andá y disfrutá con ellas. El lunes vamos al médico y ya después lo vamos a ir contando. Pasala lindo”.

Dolor compartido
Verónica está en contacto con otras madres que pasaron por su misma situación. Actualmente armaron un grupo de Whatsapp. Está Adriana Belmonte, mamá de Lola Chomnalez; Jimena Aduriz, de Ángeles Rawson; Gladys Steffani, de Majo Coni; y Karina Lopinto, la mamá de Daiana García. Hablan de lo que hace cada una para sobrellevar sus vidas.

“Yo por ejemplo nunca saqué nada de Chiara. Necesito verlo y tenerlo, pero sin tanta dependencia. Lo importante es lo que recuerdo e hice con ella. Igual, todas las cosas que hago las relaciono con ella. Hay mamás que nunca más pudieron entrar al cuarto de sus hijas”, contó a Mirador Provincial.

Verónica quiere que le gente se involucre. Que se comprometan y las situaciones de violencia no pasen desapercibidas. Pide que cambie la Justicia. Que se protejan a las víctimas. Sintió dolor cuando se enteró de Katherine, más allá de la relación que haya tenido la chica con los padres, que desconoce: “Después hay que aguantar los comentarios, que duelen. Hay que ponerse en el lugar de esos papás. Colaborar y estar en lo que sea necesario. Que se visibilice que estamos en contra de la violencia de género. Cuesta, duele. Y no se lo deseo a nadie”.

Insistir con el feminismo

Rufino carece de movimientos que militen por y para el feminismo. Es más: actualmente se puede decir que hay una sola referente, que incluso es la única autoridad femenina en el ámbito local. Se trata de la concejala María Ana Menghini. Tiene 37 y una hija de 11, Ámbar. Y desde hace 12, incursiona en política.

Cree que Rufino es una sociedad machista y que siempre fue conservadora. Y que en estos tiempos que corren la violencia recrudeció. La localidad tiene un índice alto y llamativo de denuncias por violencia de género o “doméstica” como se le llama vulgarmente.

Desde su espacio político, tratan de hacer tareas de prevención, apuntando a los adolescentes a los que les parece natural que un novio le saque a su pareja el celular de forma violenta, sin pedírselo. Tienen entre 14 y 16 años. Para los chicos, esa era una prueba de confianza. “Eso demuestra una falta de límites en el respeto a la personalidad de cada uno y hasta donde es la intimidad de cada persona y el derecho a su privacidad. Los chicos no tienen en claro sus límites. Ahí empiezan esas pequeñas muestras de violencia”.

Para Menghini, hay una pata que en Rufino no termina de dar el ejemplo y es la Justicia. El caso de Chiara, se puede decir que está impune. Se sabe quién es el asesino, es confeso, pero por el hecho de ser menor no cumplió una pena. Por eso se espera la resolución de su situación.

El machismo en Rufino está a flor de piel. Incluso la legisladora impulsó ordenanzas vinculadas a la cuestión de género en su ciudad, porque no había. Se legisló sobre visualizar al maltratador, hubo un pedido de informe por los datos extra oficiales de violencia de género, impulsaron la posibilidad de que la comisaría de la mujer tuviese más personal para atender las distintas dificultades y además se creó el Consejo de Género. Ninguna de todas las iniciativas prosperó.

Menghini insiste en profundizar en los talleres con jóvenes. No está tranquila con la idea de que los chicos tengan internalizado la violencia como algo normal: “No está bien ser violento, verbal, física o psicológicamente. Pero también, hace falta educar a los hombres. Si no hay cambio, las generaciones futuras van a ser de varones con sentido de pertenencia hacia las mujeres”.

Poco menos de tres años atrás, la ciudad donde ocurrió todo, al sur de Santa Fe, trascendía las fronteras. Era por Chiara Páez. Una chica de 14 años a la que su novio, Manuel Vallejos, de 17, asesinó y enterró en el patio de su casa.




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